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Cada cierto tiempo resurge el debate: ¿tiene sentido que un adolescente de hoy lea a Horacio Quiroga o a Abraham Valdelomar cuando puede consumir cualquier contenido en su celular en cuestión de segundos? La pregunta parece razonable. La respuesta, sin embargo, sigue siendo sí —y no por nostalgia ni por reverencia ciega hacia el canon.

Los clásicos no son textos difíciles que hay que «superar» como si fueran un obstáculo de curso. Son laboratorios del lenguaje. Quiroga enseña a construir tensión con una economía de palabras que ningún tutorial de escritura creativa puede reemplazar. Valdelomar demuestra cómo una escena cotidiana —un almuerzo familiar, una tarde en el puerto— puede volverse absolutamente inolvidable si se la mira con la atención correcta. Edgar Allan Poe, por su parte, sigue siendo la prueba más contundente de que el miedo bien escrito es infinitamente más perturbador que cualquier imagen de alta definición.

El problema nunca ha sido el clásico en sí mismo. El problema es cómo se presenta. Durante décadas, la experiencia de leer a estos autores en el colegio estuvo asociada a ediciones deterioradas, letra pequeña, notas al pie que interrumpían el ritmo de la lectura y evaluaciones que convertían el placer en obligación. Cuando un libro llega en una edición cuidada, con tipografía legible, papel de calidad y sin aparato crítico que aplaste al lector antes de que empiece, algo cambia. El estudiante no siente que está estudiando: está leyendo. Y esa diferencia lo es todo.

Hay además una razón que va más allá de la estética o la pedagogía: los clásicos enseñan a los lectores jóvenes que las emociones que sienten —el miedo, la rabia, el amor, la injusticia— no son nuevas ni exclusivas de su generación. Eso, en una etapa de la vida definida por la intensidad y la sensación de estar solos en el mundo, tiene un valor que ningún algoritmo puede calcular.

Las editoriales que apuestan por acercar estos textos a las aulas no están haciendo arqueología literaria. Están construyendo los cimientos de lectores que, más adelante, elegirán leer por placer. Y los lectores que eligen leer por placer son, a la larga, los que sostienen cualquier ecosistema cultural que valga la pena.

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