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Richar Primo nació en Tingo María, pero construyó su voz literaria en Lima. Narrador, periodista y tallerista, lleva décadas trabajando en el cruce entre la escritura y la educación: dirigió talleres en el Museo de Arte de Lima, colaboró con Jorge Eduardo Benavides en los primeros años de su carrera, y ha publicado títulos que retratan una ciudad que rara vez aparece en la literatura peruana con la precisión y la honestidad con que él la dibuja. Cuentos urbanos, Dioses de Maranga y Epistolario de Javier son parte de un proyecto literario coherente que sitúa a Lima —sus barrios, sus personajes, su mitología cotidiana— en el centro de la narrativa nacional contemporánea.

¿Cómo defines tu literatura?
Cuento lo que veo. La ciudad tiene una mitología propia que todavía estamos aprendiendo a nombrar, a darle forma literaria. Mis personajes viven en esa tensión entre lo que heredaron —una cultura, una familia, un barrio— y lo que encuentran cada día al salir a la calle. Lima no es una ciudad fácil de querer, pero es absolutamente fascinante de observar. Y observar, al final, es de lo que se trata escribir.

Has trabajado mucho en talleres de escritura creativa. ¿Cómo ves el panorama de la narrativa peruana joven?
Con mucho optimismo, honestamente. Hay una generación de escritores jóvenes que no tiene los complejos que tuvo la mía. No sienten que tienen que escribir sobre la sierra para ser «auténticamente peruanos», ni que tienen que imitar a los autores del boom para ser tomados en serio. Escriben desde donde están, con las referencias que tienen, y eso produce una literatura mucho más diversa y honesta. El reto es que esa diversidad encuentre espacios de publicación y distribución reales.

¿Qué significa para ti que tus libros lleguen a estudiantes de colegio?
Es lo más importante que me puede pasar como escritor. No escribo para las vitrinas ni para los suplementos culturales. Escribo para que alguien de quince años lea una página mía y piense «esto lo conozco, esto lo he vivido, esto es mi ciudad». Si eso pasa, si ese lector siente que la literatura también puede hablar de su mundo, de sus calles, de sus contradicciones, entonces todo lo demás sobra. Ese lector ya tiene una razón propia para seguir leyendo.


¿Qué les dirías a los docentes que quieren incorporar narrativa urbana en sus clases pero no saben por dónde empezar?
Que no le tengan miedo a lo contemporáneo y que confíen en sus estudiantes. El aula no es un museo. Un texto que habla del presente de los estudiantes no compite con los clásicos: los complementa, los hace más necesarios. Y si un chico de catorce años lee un cuento que pasa en una avenida que él conoce, que usa el lenguaje que él usa, hay muchas más posibilidades de que ese mismo chico se anime después con Quiroga, con Valdelomar, con Cortázar. La curiosidad literaria funciona así: se contagia a partir de una primera experiencia que conecta de verdad.

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